Hablar del poder del chamán es referirse a la capacidad que tiene de realizar un viaje chamanico. El desplazamiento de su espíritu fuera de los límites de la realidad ordinaria, en dominio de sí, es la particularidad de su práctica, su “especialidad”. Es mediante sus viajes, que el chamán entra en contacto con el mundo de los espíritus y, de estos territorios paralelos, recupera información que se
rá trascendental para la prosperidad de la tribu y el mantenimiento del bienestar de sus miembros.
Durante este pasaje, en estado extático (del griego ektasis, desplazamiento de los sentidos), el chamán no pierde conciencia de su cuerpo, aún cuando se traslade a una realidad fuera del tiempo y del espacio que se reconoce como físico. Estos planos se vuelven accesibles para el chamán en un estado ampliado de conciencia.

El viaje chamánico constituye el núcleo de la práctica del chamán. Es su ingreso a una percepción y entendimiento expandidos, de la mano de sus maestros, ayudadores y de su animal de poder, que lo aguardan para guiarlo hacia la información que luego traerá a la realidad ordinaria, o mundo del medio, para ser trasmitida a quienes la precisen. Sus experiencias en las realidades paralelas, involucran su sensitividad. De esta manera, durante el viaje, el cuerpo del chamán puede sentir frío, calor o percibir olores y sabores, así como escuchar sonidos.
Estas prácticas y sus resultados, pueden ser comprendidas desde un lenguaje propio del plano real, o bien leídas desde su simbología. El chamán tiene la habilidad no sólo de realizar el viaje, sino de transmitir certeramente el resultado de su exploración y de su comunicación con el mundo de los espíritus. Como consecuencia de un viaje, el chamán rescata conocimientos que pueden integrar o remitir a imágenes del inconsciente colectivo, a mitos, creencias y representaciones que conforman la vida espiritual de su comunidad, o a una simbología de carácter arquetípico. Para los grupos sociales tradicionales, el mundo espiritual, la naturaleza y la humanidad se encuentran vinculados en esencia. La destreza del chamán es reunirlos.


EL TAMBOR Y EL VIAJE CHAMANICO

El toque rítmico del tambor es el inductor del estado chamánico de conciencia y, como vehículo de tránsito hacia las realidades paralelas, representa la más extendida de las prácticas tradicionales. El instrumento, tocado a un compás de entre 205 y 220 golpes por minuto, reduce el número de ondas cerebrales hasta lograr una frecuencia de entre 4 y 7 Hz (Hertzios = vibraciones por segundo). Los investigadores, entre ellos el antropólogo Michael Harner, coinciden en afirmar que es al alcanzar la frecuencia clasificada como Theta que el chamán entra en un estado extático y emprende su viaje a los mundos no ordinarios.

La dinámica cerebral rige su propio ritmo, así como el cardíaco. Si el cerebro se encuentra procesando información cognitiva, la actividad bioquímica estará en función de esta tarea y será, en consecuencia, elevada. Si, por el contrario, se somete a un compás de frecuencia de 10 Hz o menor, en un tiempo relativamente corto, el cerebro reproducirá el esquema de ondas característico de los estados de relajación profunda.
Es sobre la base de este principio que el chamán se deja llevar por un martilleo del tambor de 3 a 4 golpes por segundo y, para regresar a la realidad ordinaria, sigue el llamado del instrumento que acelera el ritmo marcando el fin del viaje. Lo habitual es que este estado ampliado de conciencia se sostenga entre 10 y 15 minutos, medidos en tiempo lineal, puesto que el chamán se desplaza fuera de los límites temporo-espaciales.

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